El fraude a la legislación matrimonial había dado
lugar hasta ahora a los llamados "matrimonios
blancos", en los que los contrayentes no piensan
hacer vida en común y se casan sólo para obtener
algún beneficio jurídico (la nacionalidad, un
permiso de residencia, etc.). Pero algunas gentes ya
no respetan nada, y ahora empiezan a darse casos de
falsos divorcios. La noticia viene de Suecia, y
muestra uno de esos efectos perversos que suelen
darse en un Estado Providencia generoso.
En Suecia están previstas
sustanciosas ayudas para las madres divorciadas que
obtienen la custodia de sus hijos. Para ayudar a
estas mujeres solas, sus hijos tienen también
preferencias y rebajas en las guarderías y demás
instituciones sociales. Ante este panorama, no pocos
matrimonios jóvenes pensaron que fingir un divorcio
podía ser muy rentable. Según los papeles oficiales,
él se trasladaba a otro apartamento o chalet en el
campo, pero en realidad seguía bajo el mismo techo
con su esposa e hijos. Y a nadie le extrañaba este
trato habitual entre los divorciados y sus hijos:
"este es un país civilizado, y una separación no es
un drama", se decía.
Pero las autoridades fiscales
empezaron a sospechar y a investigar. Y lo que han
descubierto, según el director general de impuestos,
es que "el engaño es incluso mayor de lo que nos
temíamos". Los inspectores van a visitar a las
madres divorciadas a la hora de la cena. Y en las "redadas"
de los primeros días han comprobado que los falsos
divorcios no son tan excepcionales. En una provincia,
de las ochenta madres visitadas, treinta habían
mentido y vivían en santa paz con sus maridos.
Las autoridades están indignadas. La
ministra responsable de la Seguridad Social dice: "Necesitamos
un cambio radical de legislación. Hay que acabar con
los falsos divorciados". Pero el fenómeno no es tan
extraño. Si la gente ha perdido el respeto al
matrimonio, no cabe esperar que reverencie el
divorcio. Y si la infidelidad matrimonial ya no
escandaliza a nadie, también habrá más manga ancha
para engañar al Fisco.
A fin de cuentas, lo que están
descubriendo en Suecia puede ser una decepción para
el Fisco, pero también es un signo de salud social.
La unidad familiar es más sólida de lo que
reflejaban las engañosas estadísticas de divorcios.
Con el coste social de la mentira, eso sí. Pero la
raíz del mal está en una legislación que hace más
rentable divorciarse que seguir casados. Como decía
un economista, también sueco, "el Estado Providencia
está muy bien, hasta que la gente aprende a
utilizarlo".